1 nov. 2016

Cuando los cañones de La Cavada conquistaron el mundo

Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de octubre de 2016.

Huellas en todos los rincones del mundo

En el pueblo cántabro de La Cavada, cabecera del municipio de Riotuerto a orillas del río Miera, podemos disfrutar de un auténtico pedazo de Historia con mayúscula gracias a su Museo de Artillería, ubicado en las antiguas escuelas. Aquí podemos encontrar cañones de diversos calibres y épocas, municiones, maquetas de añejos navíos de la Armada Española, útiles fabriles y todo tipo de paneles informativos. Vamos, lo que se podría esperar de un museo dedicado a la artillería, solo que aquí, en La Cavada, durante mucho tiempo sucedió algo excepcional que merece ser recordado.

Al comienzo del recorrido por sus instalaciones uno se encuentra ante un panel fascinante. Sobre un mapa del mundo, en el que se han coloreado las áreas que una vez conformaron el Imperio Español, aparecen como distribuidas al azar pequeñas miniaturas de cañones. Aquí y allá, por todas partes, desde el Caribe hasta el Pacífico, de Asia hasta América y Europa, se muestran esos pequeños cañoncitos. No se trata de un mapa cualquiera, porque lo que nos quiere presentar es la historia de un lugar que conquistó, literalmente, el planeta. El la Real Fábrica de La Cavada, y también en la cercana localidad de Liérganes, fueron fabricados durante más de dos siiglos esos cañones que hoy día adornan viejas plazas fuertes de todo el mundo o bien aparecen en naufragios de barcos españoles en todos los mares. De hecho, el destino de la artillería fabricada en La Cavada solía ser la defensa de fortificaciones y el armar a los buques que protegían las inmensas rutas comerciales de España en todos los rincones del mundo. De ahí que no extrañe el encontrar estos cañones por todas partes, podría decirse que son ubicuos, allá donde haya habido presencia española en los pasados siglos, no será difícil encontrar alguno de ellos.

Los cañones de La Cavada sirvieron para armar a la flota española que surcaba el Atlántico partiendo de Cádiz en su “Carrera de Indias”, así como también protegieron los emplazamientos que servían de puerto o nudo de comunicaciones para el comercio en el Nuevo Mundo,  protegiendo igualmente la a la Flota de Nueva España y a la Flota de los Mares del Sur. Al otro lado del mundo, con centro en Filipinas y a través de la famosa ruta del Galeón de Manila, sucedía otro tanto. Por ello, los Cañones de la Cavada acabaron extendidos por todas partes, pues iban allá donde las redes comerciales y coloniales españoles lograron llegar.

El lugar que protegió a un Imperio

Aunque los restos que nos han llegado palidecen comparados con lo que llegó a ser un impresionante complejo industrial, que debió constituir una estampa asombrosa en los valles cántabros de los siglos XVII a XIX, con humeantes altos hornos, precursores de los que ser verían a lo largo de la Revolución Industrial, todavía nos queda el eco de su apasionante historia.

Los altos hornos de Liérganes y de La Cavada constituyen un temprano ejemplo de establecimiento industrial a gran escala, además de lugares en los que el ingenio aplicado a la artillería alumbró asombrosas máquinas. Aquí, en la que fuera la primera industria siderúrgica española, se fundió hierro destinado a la defensa del Imperio Español entre 1622 y hasta 1835, cuando cesó su actividad. A principios del siglo XVII había quedado demostrada la importancia y la capacidad que la artillería podía ofrecer a los ejércitos. Un siglo antes se había vivido una auténtica transformación en las técnicas de combate. Ahora ya nadie pensaba en ejércitos que no tuvieran artillería propia y, claro está, para mantener la seguridad de las rutas comerciales españolas era necesario armar con cañones a una inmensa flota de navíos de guerra. La única manera posible de mantener el control de esas rutas consistía en armar adecuadamente a dicha flota pero, ¿de dónde se iban a obtener los miles de cañones necesarios? Controlar un gigantesco imperio colonial adquiriendo cañones y otros artilugios relacionados con la artillería a diversos fabricantes del mundo fue una posibilidad explorada por doquier, pero si realmente se deseaba poder controlar y mantener la flota que constituía la Armada, era necesario ir más allá de las clásicas ferrerías, más cercanas a lo artesanal que a lo industrial, pasando de los onerosos cañones de bronce forjado a una producción a escala industrial de cañones modernos realizados con hierro colado. La tarea era necesaria y debía llevarse a cabo con rapidez, o pronto otra potencia continental acabaría por superar las defensas españolas. Así, fruto de la necesidad, surgieron toda una serie de tecnologías industriales que encontraron su culminación en la sorprendente e inmensa fábrica de La Cavada, capaz de surtir hasta un millar de cañones anuales para ejércitos terrestres y navíos. La construcción de este complejo industrial, en una época en la que el concepto de industria estaba naciendo, supuso todo un reto, sobre todo porque llevar a cabo una tarea como aquella requería de destreza técnica, músculo financiero y control de la información secreta acerca de la fabricación de las armas y su destino.

Imagen @alpoma. Agosto de 2016.

Imagen @alpoma. Agosto de 2016.

En definitiva, se trató de un esfuerzo estratégico por medio del cual España pretendió mantener su hegemonía política y económica a lo largo del mundo. La necesidad era clara, pero no lo era tanto el lugar sobre el que erigir tan osada infraestructura. Por la proximidad a puerto, así como por la presencia cercana de las materias primas necesarias, fue elegida en primer lugar la localidad cántabra de Liérganes como el punto de partida para esta gran industria de artillería. El encargado de tan magna obra fue un comerciante de Lieja llamado Jean Curtios, o Juan Curcio, con gran experiencia en tratos con los españoles en Flandes para proveer a sus ejércitos. En un primer momento pensó en algún lugar vasco como el ideal, pero tras encontrar numerosos problemas de pleitos con los los potentados locales, optó por cambiar la localización de su proyecto hacia un valle cántabro.

Curcio había conseguido una considerable fortuna con sus actividades industriales y comerciales al vender armamento a los Tercios de Flandes en los reinados de Felipe II y Felipe III. El negocio parecía redondo, pero la situación política en Europa estaba cambiando, dando lugar a tratados de paz que hacían peligrar su mercado natural. Ahora bien, la monarquía española estaba necesitada de artillería en cantidades industriales para fortificar sus puertos coloniales y para armar a su flota por lo que, como vía de expansión natural a su negocio, Curcio decidió dar el salto a la costa cantábrica española. La necesidad de diversificar un negocio que estaba cayendo en el marasmo, junto a la búsqueda de la Corona de un proveedor de artillería capaz de surtir a sus ejércitos con cañones baratos y producidos en serie, hicieron que para ambas partes se viera la alianza como un negocio sin par. A la muerte de Felipe III ya estaba todo decidido y, poco después, el 9 de julio de 1622, ve la luz la Real Cédula por la que se elige Liérganes como el lugar ideal para levantar la nueva industria. Allá encontraron un río adecuado, bosques capaces de surtir madera “indefinidamente”, canteras de materiales refractarios para los hornos, yacimientos de mineral de hierro y puertos cercanos para dar salida a las piezas de artillería. Se trató de una jugada maestra del arte de la negociación política, comercial e industrial.

Por desgracia para Curcio, las cosas no marcharon como había soñado. Años antes se venían aprovechando las instalaciones de la ferrería de La Vega, en torno al río Miera, para conformar un primer núcleo de esta industria. La concesión del privilegio a Curcio en 1622, a modo de contrato de monopolio con la Corona, hacía que el colocar los productos fabricados estuviera garantizada. Además, también le fue permitido vender piezas de artillería a la marina mercante y a los aliados de España. Ahora bien, una industria como aquella requería de mano de obra especializada y, para encontrarla, Curcio decidió traer de Flandes a gran número de expertos en las artes de la fundición. Los que fueran primeros altos hornos levantados en España, conocidos como de San Francisco y de Santo Domingo respectivamente, entran en actividad en torno a 1618, mientras Curcio seguía negociando su ventajoso trato, con lo que cabe imaginarse lo que sucedió. Toda aquella aventura estaba financiada y se mantenía gracias a la fortuna personal del industrial de Flandes. El retraso en la firma y ejecución del privilegio de monopolio y un penoso pleito con el Señorío de Vizcaya hizo que, al poco, el intrépido emprendedor se viera arruinado. No le quedó otra opción que ceder sus derechos de explotación en 1628 a un consorcio de comerciantes flamencos. Entre ellos destacaba un hombre singular, el industrial de Luxemburgo Georges, o Jorge, de Bande. Curcio muere al poco tiempo y de Bande, todo un lince de los negocios, logra hacerse con la industria y sus privilegios, decidiendo entonces la construcción de un inmenso centro de producción de piezas de artillería en el que sería el emplazamiento definitivo de la que llamó Fábrica Santa Bárbara, en el cercano paraje de La Cavada, que con el tiempo se convirtió en el pueblo que hoy conocemos.

Al contrario que a su predecesor, encontramos que la fortuna sonríe a Jorge de Bande. La demanda estaba asegurada y el negocio era ideal para los intereses del industrial. Antes de 1640 ya se podían contemplar los novísimos altos hornos de Santa Teresa y San José como alma de la nueva fábrica. En torno a La Cavada se organizaron toda clase de industrias auxiliares, todas ellas asociadas a la Fábrica de Artillería, desde minas hasta instalaciones para tratamiento de la madera. En tiempos de Felipe IV el lugar se encontraba en plena y bulliciosa actividad, la necesidad de la Corona de abastecer a su flota, plazas fuertes y rutas hacia América o a Flandes, garantizaba la carga de trabajo. Cañones y municiones, surgidos en las entrañas de los hornos de La Cavada, comenzaron a llegar a todos los rincones del mundo en número nunca antes visto.

Aunque el cambiante escenario político hacía que la demanda de cañones y municiones fuera oscilando, debiendo también entrar en competencia con otras nuevas industrias, cabe decir que la apuesta de Juan Curcio fue todo un éxito, solo que la fortuna o, mejor dicho, la inmensa fortuna que resultó de todo aquello, fue cosechada por de Bande. Éste no sólo materializó el sueño de Curcio, sino que junto a su sobrino Gil Engleberto de Neuveforge y el experto en metalurgia Julio César Firrufino, desarrollaron nuevas tecnologías aplicadas a la fundición del hierro. No sólo mejoraron las mezclas de minerales con lo que llamaron “vena negra de Somorrostro”, por el nombre de la cercana mina de hierro que les abastecía, con lo que consiguieron piezas de un peso inferior al tradicional, sino que llegaron a controlar con tanta calidad el proceso de fabricación que, pronto, los cañones de La Cavada pasaron a ser considerados los de mejor calidad del mundo en su época.

Ha quedado claro que Jorge de Bande se enriqueció, tanto que daba miedo a muchos poderosos. Llegó a tener tanto poder que comenzó a ser visto con recelo. Fallecido en 1643, hereda el gran imperio de siderúrgico su mujer, la flamenca de origen portugués Doña Mariana de Brito. No tardó en verse acosada por por la Corona y la naciente burguesía local, siendo objeto de una expropiación de la que, finalmente, pudo salir bien parada, manteniendo la propiedad de la fábrica pero tras una merma considerable de su fortuna.

La renegociación del privilegio, con una reducción de los márgenes de beneficio, y la caída de la demanda ante un panorama internacional algo más tranquilo, hizo que la expansión de La Cavada se viera trastocada. Juan y José de Olivares, hijos de un matrimonio anterior de Mariana, y el industrial Diego de Noja, se hicieron cargo más tarde de las factorías de La Cavada y de Liérganes. Ambas familias controlaron el negocio durante largo tiempo. Llegado el siglo XVIII, con la nueva necesidad de armar a las flotas comerciales españolas, la demanda de artillería creció nuevamente. Los miles de cañones solicitados fueron fabricados en La Cavada y Liérganes, con innovaciones en la tecnología de hierro colado que hicieron legendarios en todo el mundo a estas piezas de combate. Todo el que podía hacerse con uno de estos cañones, intentaba mantenerlo en uso, pues contaban con una ventaja poco común: eran capaces de aguantar todo tipo de problemas en batalla sin explotar ni inutilizarse. Había nacido la leyenda de los cañones españoles, únicos en su tiempo.

El complejo industrial crece y su futuro parece asegurado. Con la llegada de Carlos III el lugar se convierte en Real Fábrica y es nacionalizado. La nueva dirección pública no fue muy certera a la hora de introducir nuevas técnicas, dando como resultado algo anteriormente impensable: comenzaron a salir de producción piezas de artillería con fallos graves. Varias de esas piezas reventaron y la Armada se encontró desabastecida. Fue todo un desastre que se intentó solucionar con un nuevo horno y una mejora en las técnicas de producción, todo ello ya a finales del siglo XVIII. Finalmente, hacia 1781, se retorna a las técnicas de fundición originales de la fábrica y se logra enderezar el camino. Pocos años más tarde comenzaron a fabricarse en La Cavada todo tipo de objetos de fundición, no sólo armamento. Desde tuberías hasta herramientas  y máquinas salieron de sus hornos, en una época en la que dos nuevos protagonistas dieron forma a una nueva tecnología en La Cavada. Fernando Casado de Torres era un ingeniero, militar y diplomático que había recorrido numerosos países “observando” las tecnología que en ellos se aplicaban. En definitiva, su labor diplomática se vio aderezada con lo que hoy día se podría considerar como espionaje industrial. Con su privilegiado conocimiento inventó y construyó máquinas a vapor capaces de ser utilizadas en aserraderos para la Armada, así como las nuevas plantas de vapor que aplicó en La Cavada y Liérganes. Aquellas grandes máquinas a vapor fueron las mayores de su tiempo en España y uno de los proyectos industriales de mayor calado de finales del XVIII en todo el mundo.

Casado pudo observar que, más allá de la madera, era conveniente utilizar carbón de coque, obtenido a partir de carbones asturianos, en los hornos siderúrgicos. Experiencias anteriores habían sido fallidas, descubriendo acertadamente el ingeniero y diplomático que era necesario mejorar la aportación de aire con una máquina de vapor capaz de inyectar el volumen necesario a cada momento. Aquellas ideas llevaron a la construcción de la primera fundición de coque de España, solo que por los típicos y tópicos problemas administrativos, políticos y burocráticos, tardó más de medio siglo en ver la luz.

Al igual que Casado, fue director de la fábrica Wolfrang de Mücha. Ambos se encontraron en Austria, en medio de una peligrosa intriga de espionaje militar y desde entonces fueron inseparables. Mücha se establece en La Cavada hacia 1790, colaborando con su amigo casado hasta que terminan por chocar por el asunto del carbón. Casado fue finalmente despedido, pues prevaleció la idea de Mücha acerca de seguir utilizando carbón vegetal en vez de coque pero, eso sí, a escala nunca vista. De ahí nace la canalización del río Miera y el increíble resbaladero de Lunada. Aquellas obras fueron tan costosas que sólo pudieron completarse parcialmente y, finalmente, aunque tarde, quedó claro que la apuesta por el coque hubiera sido la correcta.

Tenemos ya el siglo XIX a la vista. El declive español es evidente en las rutas comerciales del mundo, la Armada ya no demanda tantos cañones y sus barcos disminuyen en número cada año al no ser renovados tras una serie de conflictos sin fin con otras potencias. El desastre se anuncia con la caída de producción de La Cavada año a año, unida a las nuevas limitaciones legales para el acceso a la madera de los bosques circundantes. El proyecto del resbaladero de Lunada se llevó unos recursos que hubieran sido necesarios para renovar la tecnología de la fábrica, mientras en otros lugares del mundo las piezas de artillería ya superaban a las cántabras. Primero cierra, en 1795, la fábrica de Liérganes. La ocupación francesa y la Guerra de la Independencia no hacen sino incidir en los problemas que, más tarde, se ocupa Fernando VII de completar, mientras busca desesperadamente un inversor privado para mantener el lugar en actividad. La crecida del río Miera de agosto de 1834 destruyó partes importantes de la factoría. Nunca volvió la actividad al lugar, que termina cerrando en 1835, entre el olvido y la desilusión. Fue el triste final a una aventura de dos siglos que alumbró más de 25.000 cañones para el Imperio Español.

El resbaladero de Lunada

Originalmente ideado por Casado de Torres, el resbaladero fue una increíble obra de ingeniería con más de kilómetro y medio de longitud. Pero, ¿qué es un resbaladero? Vendría a ser algo así como un gigantesco tobogán acanalado de madera soportado por estructuras a modo de armadura en X a varios metros de altura, sobre los que de desplazaban los troncos de los árboles serrados en los bosques cercanos y destinados a alimentar la siderurgia de la Fábrica de Artillería. Los troncos, cayendo por gravedad a lo largo de este gran tobogán, debían constituir un espectáculo sin igual. Wolfrang de Mücha fue quien se encargó de las grandes obras de ingeniería que sirvieron para canalizar el río Miera, con cuatro presas, facilitando así el transporte final de los troncos. El conjunto del resbaladero de Lunada y la canalización del río constituyeron unas obras de ingeniería impresionantes para su tiempo.

Aquellos que vinieron de Flandes.

Uno de los aspectos más singulares de lo que fueron las industrias que se establecieron en Liérganes y La Cavada no se encuentra en sus innovaciones tecnológicas, ni siquiera en la apasionante historia de sus cañones. Nada de eso, la savia que movía realmente todo ese entramado industrial eran los obreros especializados que trabajaron allí. Puede decirse lo mismo de cualquier fábrica, solo que aquí, los obreros guardaban un “secreto” a voces: eran flamencos. En el siglo XVII, cuando se levantaron las fábricas cántabras, Flandes era dependiente de la Corona Española. Se dice que el primer alto horno moderno, aunque con sus inherentes limitaciones por tratarse de un modelo primitivo, nació allí, concretamente en Valonia a principios del siglo XVI. Por ello no extraña que de allí se “importaran” gran cantidad de artesanos, obreros especializados y similares, todos ellos relacionados con la pujante industria metalúrgica de Flandes. De la Valonia llegaron los obreros a Liérganes y La Cavada en gran número, cosa que originó diversos conflictos con la población local, haciendo que esta población emigrada constituyera prácticamente un grupo cerrado durante mucho tiempo. Castellanizados sus apellidos, aquellos que acompañaron a Juan Curcio, Jorge de Bande y demás empresarios, terminaron por dar forma a una nutrida población peculiar cuyas raíces todavía pueden rastrearse hoy día.

Cuando los cañones de La Cavada conquistaron el mundo apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 1 noviembre 2016.


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