18 sept. 2015

De gimnotos, caballos y el fluido vital eléctrico

Comentaba Alexander von Humboldt que, durante su gran viaje por América del Sur, en los albores del siglo XIX, pocas cosas le habían impresionado más que las vivencias relacionadas con ciertos peces eléctricos. Se trataba de una clase de gimnoto, especie de remedo de “anguila eléctrica”, salvando las distancias, capaz de generar considerables descargas eléctricas para aturdir a sus presas. Célebre es la narración de Humboldt acerca de una terrible costumbre de la que pudo ser testigo, en la que se empleaban caballos como cebo para la pesca del gimnoto. A principios del XIX la electricidad era considerada como un misterioso fluido que, en el caso de su presencia del mismo en seres vivos, parecía tener cualidades casi sobrenaturales. Me ha venido a la mente este recuerdo de las observaciones de Humboldt al leer el último capítulo de un viejo librillo titulado La chispa eléctrica que, si bien se trata de una edición española de 1917, refiere a contenidos más propios de mediados del siglos XIX, siendo la versión original en fancés del año 1869. Su autor, Paul Laurencin, menciona de esta manera la fascinación de su tiempo por ese “fluido vital” eléctrico…

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Alexander von Humboldt. Gymnotus electricus.

Galvani atribuyó las contracciones de una rana muerta a la existencia de un fluido vital. Volta sólo quiso reconocer como causa de las contracciones el contacto de dos metales. Los trabajos de nuestros contemporáneos han dado la razón a Galvani. Mateucci, físico italiano, ha llegado a formar pilas por medio de muslos de ranas preparados por el sistema de Galvani. El nervio lumbar de un muslo toca el músculo de otro muslo, el nervio de éste el músculo de un tercer muslo, y así sucesivamente; adaptando al nervio libre de la primera rana y al músculo de la última dos hilos de cobre que hacen las veces de reóforos, y poniendo éstos en relación con el hilo de un galvanómetro, Mateucci pudo observar una desviación muy sensible de la aguja imantada, prueba evidente de la existencia de una corriente eléctrica. Este fluido que existe y circula por el cuerpo de la rana, persistiendo algún tiempo después de su muerte, ha recibido el nombre de corriente vital de la rana.

El mismo físico ha descubierto en la rana la existencia de otra corriente que va desde la parte interna a la externa de los músculos, a la cual llama corriente muscular, y que existe en todos los animales. El fluido muscular o vital del hombre se comprueba por medio de galvanómetros muy sencillos, cuyos hilos se hallan en relación con dos partes opuestas del cuerpo humano: un pie y una mano, o los riñones y la frente, etc. Este fluido en los seres vivos es aún poco conocido, exceptuando el encerrado en ciertos peces, el gimnoto y el torpedo.

El gimnoto es una especie de anguila, de cuerpo delgado, liso, viscoso, sembrado de manchas amarillentas, de una longitud variable entre 1 y 2 metros. El torpedo, que se encuentra en el golfo de Gascuña, pero sobre todo en el Mediterráneo y en el Adriático, es un pez de cuerpo aplastado como el del lenguado, pero casi redondo, de un diámetro de 60 centímetros y de color generalmente sonrosado.

Estos peces hacen sentir a los animales, cuando los hieren o tocan, conmociones comparables a las de la botella de Leyden. Este sacudimiento es su arma ofensiva para aturdir o matar su presa, y su arma defensiva. Lo que prueba que las conmociones del gimnoto y del torpedo se deben a la recomposición del fluido neutro por los positivo y negativo que existen separados en su cuerpo, es que tocando su lomo con una mano y acercando la otra a su vientre, se siente en las muñecas una conmoción violenta, conmoción que no se experimenta si en lugar de acercar al vientre la segunda mano, se acerca una barra de vidrio u otro cuerpo aislador.

M. Faraday ha comprobado que la intensidad de la descarga del gimnoto puede igualar a la de quince botellas de Leyden reunidas. Se producen a voluntad del animal, porque Lacepede y Réaumur pudieron tener torpedos en sus manos sin sentir ningún efecto eléctrico. Lo mismo en el gimnoto que en el torpedo, la fuerza eléctrica se debilita gradualmente con las descargas sucesivas, en términos que estos animales, cuando sostienen una lucha, quedan muy pronto desarmados; para acumular nueva reserva de fluido necesitan descanso prolongado y abundante alimento.

El aparato eléctrico del torpedo, dispuesto a ambos lados de la cabeza, se compone de muchos pequeños tubos membranosos, muy próximos entre si, que presentan el aspecto de un panal de abejas y están llenos de un humor viscoso. El mismo órgano en el gimnoto presenta igual disposición, pero se halla en el extremo de la cola. En Nápoles y en Sicilia el torpedo se vende como comestible, aunque el aparato eléctrico no lo es.

Los gimnotos pululan de tal modo en los pantanos de la América del Sur, que llegan a impedir el paso de los vados, por cuya razón de tiempo en tiempo los habitantes de aquellas comarcas se dedican a una pesca general de gimnotos, operación que sería curiosa si no hubiera de ser necesariamente cruel. Desgraciados caballos, demasiado viejos para servir a dueños ingratos que olvidan servicios pasados, se ven obligados por el látigo a entrar en los pantanos infestados por los gimnotos. Éstos despiertan con sobresalto, salen del cieno donde dormían, nadan entre dos aguas, y se deslizan bajo el vientre de los caballos, muchos de los cuales, aturdidos por las conmociones de muchos de sus enemigos, caen y se ahogan, mientras los más vigorosos, jadeantes, con los ojos echando fuego y con las crines erizadas, lanzan desesperados relinchos y tiran furiosas coces, que no alcanzan a sus invisibles enemigos, y tratan de ganar la orilla. Después de algunos instantes de lucha, el depósito de fluido de los gimnotos queda agotado. Los pescadores entonces aprovechan la ocasión para matarlos con arpones y sacarlos a la orilla, donde los abandonan.


De gimnotos, caballos y el fluido vital eléctrico apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 18 septiembre 2015.


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