3 jul. 2015

La primera fotocopia de la historia

Siendo riguroso, habría que decir “la primera xerografía” o, mejor, “la primera reproducción en seco de una imagen en papel”. Llámese como se quiera, he aquí el papelillo al que quiero referirme hoy…

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No es más que un sencillo trozo de papel sobre el que aparece escrita una fecha y un lugar. La fecha, 22 de octubre de 1938. El lugar, Astoria, en el barrio de Queens, Nueva York. Aquel día y en ese lugar, un físico treintañero de orígenes humildes que había estudiado en el Instituto de Tecnología de California, con una pasión sin freno por la invención y que trabajaba como agente de patentes, creó la primera muestra de xerografía (palabra de procedencia griega que vendría a significar “escritura en seco”) junto a un amigo físico llamado Otto Kornei, que le ayudaba en sus experiencias. Sucedió en el pequeño laboratorio que aquel genial científico, llamado Chester Floyd Carlson tenía encima de un ruidoso bar. Se había visto obligado a buscar aquel apartado lugar para realizar sus experimentos, después de que su mujer le persuadiera de que el hogar familiar no era un buen lugar para hacer explotar productos químicos peligrosos, cosa que al parecer sucedía demasiado a menudo.

Sí, era un simple pedazo de papel con unos caracteres borrosos impresos, pero aquel sencillo experimento cambió el mundo. Por desgracia para Carlson, nadie le hizo el más mínimo caso. Hubo de pasar muchos años recorriendo, de puerta en puerta, diversas empresas de impresión, fotografía y similares, recibiendo negativas por todas partes, hasta dar con alguien que fuera receptivo a sus ideas. Decenas de compañías dejaron pasar la oportunidad de dar vida a la industria de las fotocopiadoras.

Carlson estaba obsesionado con crear una fotocopiadora sencilla y barata, mucho más que las máquinas de copia de su tiempo, que eran básicamente sistemas fotográficos de gran tamaño, caros y muy complejos. Aquella obsesión le venía al inventor desde que en su niñez soñara con poder reproducir libros y revistas que veía en las bibliotecas y librerías, material al que apenas podía acceder dado lo humilde de su familia, que rayaba la más absoluta pobreza. Sin apenas recursos, trabajando en imprentas y en otros oficios, logró su graduado en física incluso a costa de endeudarse en los terribles primeros años de la Gran Depresión. Su deseo por conseguir una fotocopiadora se reafirmó mientras trabajaba como oficial de patentes, cuando realizaba penosas copias con papel calcante de los documentos y, sobre todo, cuando decidió estudiar otra carrera: derecho. Como apenas tenía dinero, se veía obligado a copiar a mano los voluminosos y caros libros de leyes, mientras pensaba una y otra vez con un método barato para crear copias de textos impresos.

Las ideas de Carlson, que pronto convirtió en patentes, iban camino de perderse en la bruma del tiempo, como tantas otras, hasta que que en 1944 logró atraer la atención de los laboratorios Battelle, que se aliaron al poco con una empresa que fabricaba papel fotográfico llamada Haloid. No tardaron mucho en cambiar el nombre de la empresa por otro que a todos nos suena: Xerox Corporation. Su primera fotocopiadora comercial data de 1949, pero todavía tardaron otra década en lograr que la xerografía fuera realmente competitiva y limpia. Desde finales de los cincuenta nadie más pudo parar la revolución, y el mundo se llenó de fotocopiadoras.

¿Qué inspiró al genio de Carlson para crear la xerografía? La luz, así de sencillo. Tras revisar cientos de patentes sobre métodos de reproducción en papel de imágenes y textos, al químico que pasaba sus días experimentando sobre aquel bar de Astoria se le iluminó el cerebro pensando en cómo podía transferir imágenes de un papel a otro utilizando la luz y la electricidad.

El método de copiado en seco de Carlson, que es el empleado por las fotocopiadoras desde entonces, aunque de forma mucho más refinada y sofisticada, es realmente sencillo. El inventor utilizó la capacidad de ciertos materiales para reaccionar electrostáticamente de forma diferencial ante la exposición a la luz, de tal forma que al proyectar una imagen que se desea reproducir, sobre esos materiales, y utilizando polvo con carga eléctrica contraria a la de las áreas expuestas a la luz en el papel, se plasmaba una copia de la imagen que, posteriormente, se fijaba por medio de calor. El resultado de aquel primer experimento de xerografía puede parecer un vulgar papel sin importancia, pero aquel gesto de un científico lleno de pasión dio vida a una industria millonaria.

Más información:

La primera fotocopia de la historia apareció originalmente en Tecnología Obsoleta, 3 julio 2015.


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